El arte también se contagia

Updated: Jun 22

POR: MAYRA WENCES. Hablamos de la pandemia como algo que se propaga sin control; pero existe un equilibrio, que más allá de salvarnos del contagio, nos ayudará a sobrellevar el hacinamiento y el encierro que éste y mucho otros factores provocará en nosotros como humanidad: el arte.

El arte como cura: COVID-19


Cuando llegamos al mundo, se dice que somos como esponjas que absorben todo a su alrededor. Lo que nos rodea está lleno de estímulos, olores, colores, formas, sabores e incluso dolores que nos enseñarán a navegar en este mar llamado vida.


Al momento de ser insertados en un sistema escolarizado; que más que enseñarnos e instruirnos en la vida y la conciencia de quienes somos, nos ha diseñado como individuos mecanizados listos para ser explotados en una era industrial, que al día de hoy me atrevo a decir que nos rige. Perdimos gran parte del tesoro más preciado que tenemos como humanidad: la capacidad de crear, sensibilizarnos y salir de la caja; explotar todas aquellas ideas que sólo pueden materializarse y representarse a través de lo que hoy en día llamamos arte.


Poco a poco se nos fue limitando (vaciando) la capacidad de desarrollar nuevos mundos, nuevas formas, de cuestionar lo que vemos e incluso sentimos. Como individuos que formamos parte de un sistema social aprendimos a sobrevivir en él y adaptarnos de la mejor forma posible con las herramientas que teníamos a nuestro alcance. Parece que fue justo ayer cuando cada uno de nosotros, dignos de esta sistematización, lográbamos lo que se esperaba en referencia a una expectativa incluso ajena, comprando la casa más grande y bonita, el carro más caro y nuevo, la cirugía que modificaría nuestra condición misma y nos convertiría en eso que “teníamos” que ser. Todos creíamos navegar y ser “normales” o “sanos” dentro de un parámetro que sólo exigía de nosotros hacer y no ser.


El tren avanzaba, cada vez más rápido, cada vez más exigente. “Si no tienes tiempo para comer, no comas; la junta ya inició y no puedes perder ese sueldo porque la vida depende de ello”. Podríamos pensar en mil ejemplos más de cómo se ha quedado atrás el valor real del ser y lo que nosotros representamos en esta existencia. De pronto un día, con el tren avanzando a máxima velocidad, ¡pum!, un freno en seco. Frente a nosotros terminó el riel para continuar el camino como lo conocíamos. Estamos frente a un acantilado tan inmenso que desconocemos que habrá del otro lado, y peor aún, como vamos a reaccionar ante este.


Frenar implicó una sacudida, una muy fuerte y desconcertante. Sabíamos qué hacer, sabíamos cómo vivir al día y a la velocidad que estábamos fríamente acostumbrados. Esta ocupación nos hizo perder la capacidad de encontrarnos con nosotros mismos e incluso en algún punto muchos no sabíamos quiénes éramos en realidad. Pero surgió un nuevo reto. Sumergirnos dentro de nuestro mundo interior, parar, escuchar y por fin, después de muchos años, entender qué lejos estábamos de nuestra propia naturaleza.


Teniendo en cuenta esta pequeña metáfora y contextualizando la visión general, me atreveré a expresar una serie de ideas partiendo de cuantas veces se ha minimizado el valor del arte desde una perspectiva gubernamental hasta la de la construcción y la crítica social, donde el artista se ha convertido en un personaje casi heroico, valiente y dispuesto a morir de hambre porque la dedicación, empeño y amor por su profesión no vale un peso para su contexto.


El arte no es sólo colocar colores o materiales diversos en un lienzo (cualquiera que este sea) tratando de representar una idea o una visión. Partimos desde la definición pura de la palabra; el arte como una actividad en la que el hombre recrea, con una finalidad estética, un aspecto de la realidad o un sentimiento en formas bellas valiéndose de la materia, la imagen o el sonido.


Queda corta para mi propia visión del arte lo que los diccionarios definen como tal. Porque no se trata sólo de las representaciones estéticas o bellas, ni siquiera sólo de las armónicas, sino de un mecanismo necesario y vital para la propia existencia.


Partiendo del valor que quiero compartir, tal como lo dice la definición anterior: el hombre recrea valiéndose de la materia, la imagen o el sonido. El arte no es algo externo a nosotros, no es algo que sólo algunos tengamos la capacidad de hacer y por haber sido privilegiados con ese don, podamos ser llamados “artistas”. Mi definición defiende que todos y cada uno de nosotros somos arte y por ende creadores artísticos.


Tomando estas dos palabras como escudo, el hombre recrea su propia existencia, moldea sus pensamientos y por consecuencia toda su realidad. La materia somos todos junto con lo existente a nuestro alrededor, los lienzos pueden ser personas, substancias, olores y nuestra capacidad de moldearla, nos vuelve artistas natos en esta realidad.


Tal vez suene un poco atrevido, y genere ruido en el narcisismo de algunos virtuosos que de profesión han tenido que sacrificarse y picar piedra para llegar hasta donde están explotando sus propias habilidades, pero mi punto va más enfocado a la función del arte como elemento de supervivencia y de herramienta fundamental para la plenitud y el encuentro de lo realmente importante, independiente de aquellas personas que sí, a diferencia de otras tengan la ventaja de ciertas habilidades motoras o auditivas para realizar piezas artísticas específicas que pueden ser exhibidas en algún museo o espacio creado con dicho fin.


La esencia pura del arte a la que me quiero referir, es la que posee cada individuo para ver con sus propios ojos la realidad y transformarla para sí mismo, aquella que nos da la capacidad de crear puertas y ventanas donde no existe salida, donde el dolor se vuelve aprendizaje y todos podemos jugar con lo que somos, cual lienzo en blanco cada vez que sea necesario.


Comenzamos a observar una danza social, que gracias al confinamiento obligado tuvo que tomar recursos (pocos o muchos), para reconstruir su dinámica e incluso el propósito de su hacer y su oficio en este juego. Las reglas cambiaron abruptamente y me atrevo a decir que el arte fue el salvavidas que a todos nos dio un respiro y la esperanza de que no todo está perdido.


Como individuos sociales muchos de nosotros perdimos la capacidad de contemplar, incluso de aburrirnos; como ya lo da a entender en algunos de sus libros el ensayista surcoreano Byung Chul-Han, no encontramos la capacidad de sentarnos sólo a observar y ver pasar el tiempo, ese tiempo que antes no alcanzaba para nada y ahora sobra para todo.



Cuarentena que desenterró lápices y plumones

Muchos de nosotros olvidamos esta pausa o nunca nos la habíamos permitido, es aquí donde la incertidumbre y enfrentarnos al cambio nos vuelve nuestros propios enemigos. Pero existe una luz, algo tan intrínseco que nos salva sin siquiera darnos cuenta y ahí es donde surge el artista que llevamos dentro.


Lo comencé a observar poco a poco en las redes, los medios, la familia y los amigos

cercanos. Las mamás desarrollando habilidades de una profesión que a maestros les ha tomado años, esos lápices y plumones guardados en algún cajón fueron desenterrados y todo aquello que no creíamos esencial se volvió nuestra arma más grande contra el miedo y la incertidumbre. Sin importar el nivel académico, escolar, profesión, el estrato social o la ubicación geográfica todos comenzamos a ponernos en contacto con nuestro espíritu creador, con nuestra habilidad para trasmutar y recrear, aunque fuera a través de memes y chistes, cientos y miles de ideas generadoras de mundos nuevos cobraron vida y salieron a la luz.



Y es así como los museos abren sus puertas virtuales, la gente canta en sus balcones, el chef que llevamos dentro se adueña de nuestra cocina, nuestros patios se vuelven jardines maravillosos, las clases virtuales se vuelven ventanas con fondos galácticos, los bares y artistas convocan a concursos y challenges que motivan a este despertar de la creatividad y así, una innumerable explosión que nos demostró que somos entes que siempre buscaremos refugio en el mundo de las representaciones artísticas porque desde nuestra propia esencia, es lo que somos.


En mi opinión, el arte debe dejar de ser vista o definida cómo sólo un oficio, profesión o pasión con ciertas características específicas. Debe volverse un elemento imperante en la vida de cada persona y recordarnos que siempre hay algo más allá de la propia materia, del objeto y de la necesidad de tener o hacer (qué no es lo que nos define), para comenzar sólo a “ser” y revalorar lo que nos va a conectar de nueva cuenta con el propósito real que cada uno de nosotros tenemos.


El arte también se contagia, hagámoslo viral. M. Wences




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© 2020. Del Taller de Redacción Superior. EAP "Profesor Rubén Herrera". UAdeC. Editor: Livio Ávila.